Opinion

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.

“Lari” es una palabra que significa zorro o zorra en idioma quechua así que es sinónimo de “atuq”. Por alguna razón que desconozco, comenzó a utilizarse también para referirse al pertinaz, a aquel que no quiere entender razones.
Hoy en día se dice “lari” a aquel que no entiende, una persona a la que le explicas las cosas, de buena o mala manera, pero, aunque te oye, en realidad no escucha. El pertinaz es el obstinado, el terco, el “lari” que se mantiene firme en su opinión, dictamen o posición aunque le demuestres que está equivocado.
Hay “laris” en Potosí, donde ya se ha demostrado que esa ciudad no fue fundada el 1 de Abril de 1545 porque lo que ocurrió en esa fecha fue la posesión del Cerro Rico. Pese a ello, todavía hay “laris”, la mayoría maestros, que insisten en manejar ese hecho como “fundación de Potosí”.
Hay “laris” en Sucre, donde ya se ha demostrado, documentación mediante, que la Juana Azurduy que nació el 12 de julio de 1780 no fue la esposa de Manuel Asencio Padilla, la heroína de la independencia, sino una homónima. Además de los irrefutables documentos al respecto, existen publicaciones como la reciente “Juana Asurdui de Padilla (1780-1862). La historia detrás de la leyenda”, de Norberto Benjamín Torres, que no solo demuestra el error sino que identifica a la verdadera Juana, una que habría nacido en enero de 1870 y cuyo apellido era Asurdui, con “s” e “i”. Mas aún, ese libro refiere que dos potosinos, Joaquín Gantier y Valentín Manzano, mantuvieron el mito del 12 de julio aún a sabiendas del equívoco. Pese a ello, todavía hay “laris” en Sucre que insisten en festejar esa fecha como la del onomástico de la mayor figura femenina de nuestra historia.
Hay “laris” en La Paz, donde a unos ediles se les ocurrió declarar patrimonio de esa ciudad a varias comidas, incluidas algunas que tienen origen en otras ciudades, y así se adueñaron de la salteña, la empanada que, en su historia y presentación boliviana, nació en Potosí, alrededor de 1650, y ya figuraba como un alimento potosino en el libro de cocina de doña María Josefa de Escurrechea y Ondusgoytia, condesa de Otavi y marquesa de Cayara, publicado en 1776.
El hecho que se muestra como apropiación indebida de patrimonio cultural ya ha sido rechazado oficialmente en Potosí por el alcalde, Williams Cervantes, que reivindicó el origen de la salteña en una conferencia de prensa. Los “laris” paceños que motivaron la polémica no atienden argumentos, no escucharon razones y se mantienen firmes en su error. Son, definitivamente, los “laris” que se apegan más a la definición.
Algunos dicen que este es un tema de escasa relevancia porque en Potosí existen asuntos más urgentes. No es cierto. La salteña boliviana forma parte de una lista de las mejores comidas callejeras que fue elaborada por la prestigiosa guía Lonely Planet junto a otros alimentos como la pizza italiana, los churros españoles o los perros calientes o “hot dogs” estadounidenses. Se trata, entonces, de un detalle elemental para el turismo que será lo único que salve a Potosí de cualquier posible debacle de su minería.
Potosí no puede seguir dependiendo de la minería porque es extractiva y destructora del medio ambiente. ¿Cómo logrará afianzar su turismo si es que no ofrece, entre otras cosas, una gastronomía peculiar de la zona? Cuando presente a la salteña como bocadillo típico de la región, no faltará quien diga que es de La Paz porque así fue oficialmente declarada. Entonces, estamos en presencia de un robo o, mínimamente, una apropiación indebida y solo los “laris” no lo ven de esa forma.

Gabriela Canedo V.

Señores autoridades del TCP: ¿A cuántos centímetros arriba de la rodilla consideran que un vestido es corto?

El Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) acaba de emitir una disposición en la que obliga a sus funcionarios llevar “vestimenta formal y discreta”, y prohíbe determinadas prendas de vestir. ¿Acaso no estamos en un Estado Plurinacional? ¿Acaso no nos habíamos alegrado por lo multicolor y diverso de nuestra Asamblea Legislativa? ¿Acaso una de las conquistas no fue respetar la identidad de le gente y llevar la indumentaria que a una le apetezca? ¿No estamos en un Estado de derecho y libertad? Pero la prohibición va más allá, pues señala que no se puede llevar puesto vestidos cortos, ni escotes. Por detrás de estas particulares disposiciones existen imaginarios machistas en tiempo de despatriarcalización.
Lo irrisorio es que el TCP, la máxima instancia Constitucional, nos deja boquiabiertas y sin posibilidades de apelar, pues ¿dónde más podríamos recurrir?
Tanto nos vanagloriamos de ser Plurinacionales, ¿y acaso quienes, ni modo, cabemos en la casilla de “interculturales” no podemos tener nuestra identidad, occidental sí, pero identidad al fin? Pero respecto a las vestimentas originarias, la disposición raya en lo absurdo pues las personas que pertenecen a algún pueblo indígena para efectos de control deberán apersonarse a la instancia de personal a “registrar” su vestimenta, y pobres que se salgan de lo registrado e inventariado. Pues existe sanción y la prohibición de entrar a su fuente laboral.
Me parece que seguimos nomás enfrascados en el barniz, en las superficialidades que no atacan las cuestiones estructurales. En vano hacemos alharaca de haber refundado el Estado, porque seguimos cayendo en conservadurismos duros. No me sorprendería si las prohibiciones recrudecen aún más y a futuro prohíben a los funcionarios varones llevar el pelo largo y a las mujeres hacer el control diario del cuello tortuga, pantalones corte sastre, tacones y el ineludible moño, “preservando la moral y en pos de ella” y lo más alejado del escote o de mostrar las piernas.
Señores autoridades, aquellos tiempos en los que se controlaba la vestimenta ya quedaron atrás, la vestimenta es un aditamento de la identidad y no es posible que una instancia estatal, a estas alturas del siglo XXI retroceda a tiempos de la inquisición.
Toca preguntar. Señores autoridades del TCP: ¿A cuántos centímetros arriba de la rodilla consideran que un vestido es corto? ¿Y qué harán si algún funcionario/a en su reafirmación identitaria le es muy importante llevar un sombrero? ¿Tendrá que registrarlo? Y ¿qué pasa si algún/a funcionario/a de un pueblo originario no cumple al pie de la letra con la ropa inventariada? En fin, preguntas nos surgen, y también la certeza de aquel viejo refrán “el hábito no hace al monje”.
La autora es socióloga y antropóloga

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor
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Nuestro mundo anda crecido de desórdenes y fuerzas divisorias, pues la falta de respeto y la violación de los derechos humanos, lo han convertido en un diario de muerte contra todos los moradores. Nadie está seguro en ningún sitio. Ante esta situación, pienso que es un deber de todos activar en la sociedad una conciencia de consideración hacia todos ser vivo, y también hacia nuestro entorno, aparte de que cada cultura debería incentivar modos y modelos responsables de coexistencias. Subsiguientemente, creo que es fundamental interactuar de otra forma, con un lenguaje más auténtico y cercano, ya que todo ser humano está llamado a entenderse y a ser comprendido por su análogo. Por tanto, para abordar estos problemas, a mi manera de ver, se hace imprescindible atajar las causas que los provocan, fomentando y defendiendo la generosidad, junto a los lazos de amistad, siempre vinculantes a un ambiente más unido y hermanado. Se trata de tender puentes, o si quieren la mano, a tantos excluidos del sistema. Urge sacarlos de su tristeza, abrazarlos, y hacerles sentir que otro mundo más justo es posible, en la medida en que rompamos su círculo de soledades y bochornos.

Desde luego, lo prioritario es que la gente en lugar de ejercitarse en el odio, aprenda a amarse. Una especie que en verdad se estima, transforma el mundo y derriba todas las barreras que nos separan. Esta es la cuestión a considerar ante tantas tragedias y necesidades que golpean a nuestros semejantes. El discurso de la venganza nos deja sin nervio y también sin verbo que nos aliente. A propósito, el Secretario General de la ONU, António Guterres, acaba de ser contundente: “La voz, la autoridad y el ejemplo de los líderes religiosos son vitales para prevenir la incitación a la violencia”. Ciertamente, en un momento en el que las religiones se han tergiversado y manipulado para justificar la marea de hechos violentos, conviene reconsiderar que la mística auténtica es manantial armónico y no fuente de absurdas batallas. Por otra parte, el espíritu humano no puede perder de vista el sentido hondo de las experiencias de vida y, en este sentido, necesita recuperar la esperanza en el amor más efectivo.

Cada uno de nosotros tiene su propia identidad poética, a la que es fiel, y con la que debe avanzar autónomamente, experimentando con su personal actuación, la de ponerse al servicio de los demás para sentirse cuando menos más libre, algo tan sublime como la distintiva humanidad. No podemos seguir con esta frialdad de relaciones humanas. A mi juicio, es primordial que la sociedad trabaje conjuntamente en todos los ámbitos para crear vínculos de unidad y unión, que rompan los muros que nos aíslan y marginan. Estamos predestinados a dejarnos amar y a ser amados, por lógica conciencia humana, sabiendo que sólo así se puede favorecer una mejor convivencia y lograr, de esta manera, superar el aluvión de dificultades que soportamos a diario. Los pueblos alzados en contiendas jamás alcanzarán prosperidad alguna. La gente tiene que cultivarse en el sosiego para poder orientar sus decisiones en favor de una actuación más colectiva, de protección de nuestro hábitat, para construir y reconstruir una civilización cada vez más solidaria y compasiva.

El día que la humanidad, en su conjunto, haya aprendido a amarse, no a armarse, habremos alcanzado el mayor signo de vida, pues nadie morirá nunca, todos seremos recordados por nuestra capacidad comprensiva y por nuestra actitud de donación. La receta de un doctor de la Iglesia, considerado el Santo de la Amabilidad, como San Francisco de Sales, seguro que nos pone en el buen camino. Este era su clarividente mensaje: “Se aprende a hablar, hablando. A estudiar, estudiando. A trabajar, trabajando. De igual forma se aprende a amar, amando”. Indudablemente, si la vida nos hace pensar en la vida, es el amor también el que nos da amor, y no las condiciones económicas favorables. Cuando uno experimenta un gran afecto en su caminar, todo adquiere otro sentido más del espíritu que del cuerpo, y así, cuando se sufre con el otro, por los otros, se da verdaderamente un sentido de pertenecía que no es un fundirse, pero tampoco un hundirse, sino un partir y un compartir, hasta que se convierta en un estilo existencial, donde el vínculo de la amistad lo es todo, inclusive más que el talento, puesto que es un sentimiento noble y valioso en la vida de los seres humanos de todo el planeta.

Amarse, efectivamente, es impulsar un cultivo diferente al actual, y en el que ha de jugar un papel transcendental la educación, para que el respeto germine con más fuerza si cabe, pues nunca el cambio fue más requerido en un mundo tan desigual y de tantas incoherencias, renombradas como crisis democráticas. Pongamos, sobre la mesa, el reiterado compromiso del mundo por crear un mejor futuro para todos, para las personas y el planeta, pero no pasamos del intento a la acción, precisamente, por esa falta de autenticidad, de coraje en el cambio del sistema financiero global, más empeñado en otros intereses más mercantilistas que humanos, y aunque nos consta que los países del G20 han movilizado miles de millones de dólares en el último año hacia el desarrollo sostenible, la realidad nos apunta que la economía y la ecología, hoy por hoy, son mundos contrapuestos. Falla esa generosidad, propia del auténtico amor entre las gentes, para unir responsabilidades y no intereses monetarios, que todo lo vician y corrompen.

Ojalá podamos sentirnos ciudadanos del mundo, con lo que esto supone de ética moral y de convivencia armónica, a través de la naturaleza de la que formamos parte y por la que somos el todo. Esa universalidad que nos merecemos hay que ponerla en práctica. Hoy muchas comunidades aún se hallan por debajo de la mayoría de los indicadores sociales y económicos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. ¿Hasta cuándo? Está visto que nos falta amor y nos sobra adulación. Lo escribió, en verso, el mismo Pablo Neruda: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Por omisión, cuántas cosas necesarias dejan de hacerse, que no es menos reprochable que la comisión del mal.

En todo caso, la apuesta del amor en un mundo tan desencantado, con tantos desengaños en los vínculos del compromiso, con tantas acepciones comerciales cínicas, donde nadie se ocupa ni preocupa por el otro, debe hacernos repensar sobre el alcance del término. El amor no entiende de medias tintas y menos de tintes que no son transparentes. Mi prójimo es cualquier ciudadano que me requiera y yo pueda auxiliarle. Cuando esto se produce, ahí nace el amor en su pureza, el auténtico amor, que es gratuito y servicial siempre. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a que los pudientes de este mundo suelan acoger una posición de superioridad, en lugar de donación, que es lo que verdaderamente nos hace humanitarios. Algo fundamental para cualquier proceso en construcción que ponga, en primer lugar, el desarrollo orientado hacia la satisfacción de las necesidades humanas globales y la conservación de la naturaleza. De ahí la necesidad de transitar por caminos abiertos, con un corazón que ve y siente; y que, por ende, actúa en consecuencia. Al fin y al cabo, el amor todo lo vence y convence. Tanto es así, que nuestra alma no tiene edad para aprender a amar, el aprendizaje es un perseverante deber, lo que nos exige ser compasivo, puesto que el amor compadece, –como decía Unamuno- , “y compadece más cuanto más ama”. Además; es buena señal de que así sea, al menos para conciliar cuánto más reconciliaciones mejor.

M.O.R

El mes de julio es considerado el mes de los adultos mayores por ser Santa Anita la abuelita de Jesús, ¿tienen todas las personas de la tercera edad una buena calidad de vida?, definitivamente no.
Con profunda tristeza he presenciado el desalojo de una ancianita de una casita en inmediaciones del parque Bolívar ,no tengo ni idea de quienes son las personas que la desalojaron pero lo que sí ha llamado profundamente mi atención es la manera como lo han hecho.
¿Se necesitaban tantos policías provistos de cascos para sacar a esta abuelita de esta casa que no sabemos si es suya? , ¿Cómo es posible que vecinos impávidos se queden de mirones? ,yo no me he metido para no arriesgar mi integridad física puesto que también soy una persona de la tercera edad pero espero de corazón a través de Una de Cal y Otra de..generar algo de conciencia en la población para frenar este tipo de atropellos.

Andrés Oppenheimer

En medio de las noticias sobre la violencia en Venezuela, el escándalo de corrupción en Brasil y los disparates que salen del Twitter del presidente Trump en Estados Unidos, hay una noticia muy importante que pasó casi desapercibida en América Latina: un nuevo estudio según el cual la región está fallando miserablemente en materia de innovación.
El Índice Global de la Innovación 2017, un ranking de 130 países de todo el mundo, dice que las naciones de África, Europa del Este y el Sudeste Asiático están avanzando más rápidamente que las de América Latina en la producción de nuevos bienes y servicios que los ayuden a crecer más y mejor.
El estudio es un esfuerzo colaborativo de la Facultad de Negocios de la Universidad de Cornell, la escuela de negocios Insead y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). El ranking anual se basa en decenas de mediciones, incluyendo el número de solicitudes de patentes de nuevas invenciones, los logros educativos y la facilidad de hacer negocios en cada país.
El ranking no incluye a ningún país latinoamericano entre las 25 naciones más innovadoras del mundo, a pesar de que tres países de la región –Brasil, México y Argentina– figuran entre las 25 mayores economías del mundo.
Este año, el ranking mundial de innovación está encabezado por Suiza, seguido por Suecia, Holanda, Estados Unidos y Gran Bretaña. Entre las naciones latinoamericanas, Chile ocupó el puesto 46, México el 58, Colombia el 65, Uruguay el 67, Brasil el 69, Perú el 70, Argentina el 76, Ecuador el 92, El Salvador el 103 y Bolivia el 106.
Lo que es más preocupante aún para la región, el ranking no incluye ningún país latinoamericano entre los 17 países en desarrollo que describe como “estrellas en innovación”.
“Los rankings de innovación de la región no han mejorado significativamente en relación con otras regiones del mundo en los últimos años, y ningún país de América Latina y el Caribe muestra actualmente un rendimiento superior al de otros países con su mismo nivel de desarrollo”, dice el informe.
¿Por qué una región que produce tantos talentos individuales no se destaca más en innovación? América Latina produce alguna de la gente más creativa y exitosa del mundo, incluyendo al futbolista Lionel Messi, el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y el presidente de MIT –a menudo clasificada como la mejor universidad del mundo– Rafael Reiff. Hasta el Vaticano está liderado por un latinoamericano, el Papa Francisco.
Y sin embargo, la producción de patentes de nuevas invenciones de la región es lamentable. Todos los países latinoamericanos y caribeños juntos solicitaron cerca de 1.400 patentes internacionales el año pasado, menos del diez por ciento de las 15.560 solicitadas por Corea del Sur, según datos de la OMPI.
Muchos economistas dicen que esto se debe a que los países latinoamericanos tienen demasiadas regulaciones gubernamentales, y demasiado poco capital de riesgo para financiar ideas de gente talentosa.
Otros dicen lo contrario: que América Latina necesita más intervención gubernamental para producir más innovación. Estos últimos señalan que mientras naciones altamente innovadoras como Corea del Sur e Israel invierten el 4.2 por ciento de su producto bruto en investigación y desarrollo de nuevos productos, en Latinoamérica el promedio es del 0.5 por ciento.
Mi opinión: todo lo anterior es cierto. Y también hay explicaciones culturales, como el hecho de que en muchos países latinoamericanos hay poca tolerancia colectiva para el fracaso individual, cuando casi todas las grandes innovaciones son el resultado final de una larga lista de fracasos.
Pero tal vez el paso clave para convertir la abundancia de talentos individuales de América Latina en una ola de creatividad productiva sería reconocer que la región tiene un problema de innovación. Al igual de lo que ocurre con los alcohólicos, el primer paso para que los países latinoamericanos logren salir de su actual estancamiento en innovación sería reconocer que tienen un problema.
El hecho de que las sombrías conclusiones sobre América Latina del Índice Global de Innovación 2017 no hayan causado mayor alarma en región es preocupante. América Latina debería ponerse como meta urgente dejar de ser una región con un exceso de talento y una escasez de innovación.

El autor es columnista de The Miami Herald y El Nuevo Herald.

Humberto Vacaflor Ganam

Por alguna extraña razón, la Bolivia plurinacional decidió usar la palabra “licuificar” para el caso del gas natural licuado (GNL), como incluyendo en la comparsa de 36 naciones una nación angloparlante.
Ahora se sabe que, en esa moda de usar palabras raras pero con intereses más precisos, YPFB decidió instalar una planta para producir GNL, lo que logra después de “licuificar” el gas, es decir licuarlo, para quienes hablamos español.
Lo más importante en esta operación hecha durante la etapa de febril despilfarro, era saber el precio. Los informes no son claros sobre esto tampoco. Hablan de US$ 208 millones, aunque otros informes mencionan cinco veces más.
Lo cierto es que ahora la planta, estrenada el año pasado, por los días del referéndum del 21F, no funciona. No “licuifica” nada. Se paró y no hay quien pueda componerla. Eran los días en que el comprador no se molestaba con detalles de pedir garantía al proveedor. Por lo tanto, según denunció Hugo del Granado, está parada.
El negocio, si no fue negociado, incluía, por supuesto, la compra de equipos para “deslicuificar” el producto y devolverle su forma de gas (regasificar), para introducirlo en gasoductos de pequeños centros urbanos alejados de los grandes ductos de exportación.
Aquí, los informes conocidos hasta ahora enloquecen, pues se habla de contratos por más de US$ 900 millones, lo que sería un delirio.
Las autoridades de la empresa dicen que la planta de “licuificación” de gas fue concebida también para exportar el GNL. Más o menos, si se entiende bien, el GNL boliviano iba a viajar por tierra, a bordo de camiones siempre sospechosos, hasta Bahía Blanca, en Argentina o Escobar y/o, también en camiones, hasta las plantas de regasificación de Brasil y/o, esta vez no en camionetas rojas, a Chile. Un negocio medio raro. Más iba a costar el transporte que el producto.
No se sabe –todo esto es un misterio- cuántas son las poblaciones bolivianas, pequeñas poblaciones, dotadas de equipos de regasificación, ni de ductos urbanos que lleven el gas hasta los domicilios.
De esos detalles nadie se ocupó. Lo importante, como estaba de moda en YPFB, era comprar la planta, pagar al contado y resolver urgencias burocráticas.
Un elefante blanco “licuificado”.

Vacaflor.obolog.com

Teresa Antequera Cerverón

En 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la carne procesada es cancerigena, la peor calificación que un producto puede obtener. Por su efecto cancerígeno la amenaza de la carne procesada, como los embutidos, se presenta tan peligrosa como el agua con arsénico o el tabaco. En la categoría «carne procesada» se encuentran todos los productos sometidos a salazón, ahumados, fermentación y/o cualquier otro proceso necesario para su conservación.

Un grupo de 22 expertos de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la OMS evaluó los datos de más de 800 estudios y publicó su trabajo en la revista especializada «The Lancet». El resultado: «Cada porción diaria de 50 gr. de carne procesada aumenta el riesgo de cáncer intestinal en un 18%». Por consiguiente según este estudio, el riesgo de cáncer intestinal aumenta en relación al consumo de productos de carne procesada. Pero los científicos de la OMS también declararon la carne roja como posiblemente cancerígena. Existiendo «claros indicios» de una relación directa entre su consumo y el riesgo de padecer cáncer intestinal, de páncreas y de próstata. Por «carne roja» se entiende la carne proveniente de los músculos de cualquier tipo de mamífero, es decir de cerdo, vaca, oveja, cordero, ternera, caballo o cabra.

La evaluación de la OMS provocó mucha polvareda y se esperaba que se iniciara un cambio en las costumbres culinarias de muchas personas tal como se vio hace unos años con el tabaco, sin embargo parece que el placer por la carne ha hecho olvidar rápidamente los peligros a que está sometido el consumidor habitual de carnes y embutidos.

Al respeto sería muy interesante y necesario informar al consumidor de los peligros de su compra, tal como ocurre con los paquetes de cigarrillos, es decir incluir palabras e imágenes relacionadas con enfermedades, muerte y cáncer en el etiquetado. Y desde el punto de vista ético también estaría justificado incluir en su etiquetado algo como por ejemplo: «Para producir este trozo de carne tuvo que morir un animal», o bien «La muerte de los animales es responsabilidad de muchos: del ganadero, del carnicero, del vendedor, del cocinero y del consumidor”.

El sufrimiento indescriptible de miles de millones de animales hace ya tiempo que clama al cielo. Con toda seguridad las generaciones futuras miraran hacia atrás y consideraran la matanza de animales como uno de los mayores errores de la humanidad.

Desde antiguo se sabe que todo lo que hacemos a la naturaleza regresa de vuelta al autor de los hechos, ¿no son acaso las muchas enfermedades de la actualidad un ejemplo de que todo lo que el ser humano está causando al medioambiente tarde o temprano regresa a él? Quizás sea aun tiempo de reflexionar.

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