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Mar, Jun
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Estados Unidos

Donald Trump, a la izquierda, y James Comey, exdirector del FBI.

James Comey revela en un escrito entregado al Comité de Inteligencia del Senado las presiones a las que fue sometido por el presidente de Estados Unidos.

EL PAIS ESPAÑA

La bomba ha estallado. El destituido director del FBI, James Comey, ha confirmado punto por punto las presiones que sufrió por parte del presidente Donald Trump por la investigación de la trama rusa. En un meticuloso escrito de siete folios enviado al Comité de Inteligencia del Senado, Comey repasa las tres reuniones y seis llamadas que mantuvo con el mandatario en cuatro meses. De todas tomó nota, y en todas Trump quiso de una forma u otra reducir la presión de las pesquisas. “Necesito lealtad, espero lealtad”, le llegó a decir en una cena privada en la Casa Blanca.
Trump ha encontrado su propio muro. Una barrera que no cede y que puede acabar con él. Es James Comey. Un hombre alto, que habla claro y de integridad probada. La declaración presentada ante el Senado, y que hoy será leída ante el Comité de Inteligencia, está destinada a la historia. De sus palabras puede derivar un caso de obstrucción. La piedra de toque del impeachment.
El documento es demoledor. Radiografía cada encuentro. Las notas las escribía nada más terminar sus reuniones o charlas con el republicano. La primera vez fue el 6 de enero, cuando Trump no había sido aún investido. Tras informarle del expediente sobre la trama rusa, el director del FBI se metió en su coche y a la puerta de la Trump Tower redactó su conversación en un ordenador portátil. “Desde entonces, esa fue mi práctica”, señala.
El resumen pone el ojo en la cerradura de la Casa Blanca y confirma las presiones que ya habían sido filtradas a la prensa. No hay desviación. Pero sí muchos más detalles sobre el hostigamiento presidencial.
La primera reunión a solas se registró el 27 de enero en la Casa Blanca. El presidente le había invitado personalmente. Era de noche. Acudió solo. “Ocupamos una pequeña mesa oval en el centro del Salón Verde. Dos asistentes de la Marina nos atendieron. Solo entraban en la habitación para servir comida y bebida”, escribe Comey.
En este ambiente íntimo, Trump le dejó caer que “muchos querían su trabajo y que entendería que quisiera irse”. “Mis instintos me dijeron que en esta comida cara a cara… Trump estaba tratando de crear una relación tutorial. Eso me preocupó mucho, debido a la independencia del FBI”, detalla.
Comey intentó salir del paso señalando que él “no era fiable en el sentido político”, pero que le podía ser sincero. Fue entonces cuando el presidente le espetó: “Necesito lealtad, espero lealtad”. El director del FBI se negó a contestar. “No me moví, ni hablé ni cambié mi expresión facial en el incómodo silencio que siguió. Simplemente nos miramos”. Antes de la partida, Trump volvió a insistirle. Comey respondió elusivamente: “Siempre tendrá mi honestidad”.
El siguiente encuentro ocurrió el 14 de febrero. También en la Casa Blanca. Terminada una reunión sobre contraterrorismo, el presidente se quedó a solas con Comey. Ahí fue cuando el mandatario le pidió que abandonase las pesquisas sobre el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, destituido la víspera y personaje central de la trama rusa. “Es un buen tipo. Espero que puedas ver la forma de dejar pasar lo de Flynn, espero que le puedas dejar ir”, le dijo Trump. Comey volvió a mostrarse parco: “Efectivamente es un buen tipo”, contestó.
Nada más acabar la reunión, el director del FBI preparó un memorándum. A su juicio, el presidente le había presionado para poner fin a cualquier investigación relacionada con Flynn. “Pero no entendí que el presidente estuviese hablando sobre toda la investigación de Rusia o posibles vínculos con la campaña”, detalla Comey.
A lo largo de las conversaciones, Trump siempre defendió su inocencia y manifestó su malestar por la “nube” que el caso suponía para su trabajo político. “El presidente me dijo que de haber satélites que hubieran hecho algo mal, sería bueno encontrarlos, pero que él jamás había hecho nada malo y que esperaba que yo encontrase la forma de señalar que no le estábamos investigando”.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comparece ante los medios.

La semana pasada el banco Goldman Sachs compró bonos a la petrolera estatal venezolana por 865 millones de dólares.

EL PAIS ESPAÑA

El Gobierno de Donald Trump está preocupado por las transacciones económicas que algunas empresas estadounidenses han hecho con el régimen de Nicolás Maduro al considerar que éstas sirven para mantenerlo a flote ante su escasez de recursos y perpetúan la crisis humanitaria que reina en Venezuela. La intranquilidad de Washington, según expresaron oficiales de la Casa Blanca este domingo a Reuters, emerge días después de que el banco Goldman Sachs suscitara críticas por comprar bonos de la petrolera estatal, PDVSA, por 865 millones de dólares que entraron a las arcas del Gobierno venezolano.
“Estamos preocupados por cualquier ayuda salvavidas para mantener el status quo. Preferimos que no lo hicieran”, afirmó un miembro de la Administración Trump sobre la adquisición la semana pasada de 2.800 millones de dólares en bonos al 69% de descuento —el banco pagó 31 céntimos por dólar. Otro señaló que las empresas de EE UU que hagan inversiones en Venezuela deberían “pensar moralmente sobre lo que están haciendo”. La Casa Blanca todavía no ha emitido una reacción oficial a la operación bancaria, pese a que varios asesores cercanos a Trump son exdirectivos del banco neoyorquino.
En un comunicado enviado a EL PAÍS, el presidente de la Asamblea Nacional venezolana y líder de la oposición, Julio Borges, expresó su deseo de que el Gobierno de EE UU investigara la “opaca transacción”, calificando el acuerdo económico de “ilegítimo”. “Cualquier banco que elija extender un salvavidas financiero al régimen de Maduro debe saber que se está aprovechando del derramamiento de sangre de los ciudadanos venezolanos que buscan un cambio político pacífico para nuestro país”, insistió Borges.
La semana pasada, en una carta al director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, el presidente del órgano legislativo —al que Maduro ha destripado de sus funciones— ya acusó al banco de ofrecer una oportunidad para el Gobierno de “fortalecer la brutal represión” con su sustento financiero. Blankfein rechazó las críticas y defendió la legalidad de la operación.
La operación de Goldman estuvo facilitada por otro grupo de inversión estadounidense, Dinosaur Group, basado en Nueva York y Londres. El banco japonés Nomura también ha comprado bonos venezolanos en los últimos días, animando a más inversores a apostar por la continuidad del chavismo en el poder.
Este tipo de operaciones bancarias suponen una inversión en el régimen de Maduro, que desde hace más de dos meses reprime a sus ciudadanos en las manifestaciones por el grave deterioro humanitario y económico que atraviesa el país. Durante las protestas ya han muerto más de 60 personas y hay miles de detenidos.

Trump, en una gala el sábado en Washington.

El presidente enmienda a su propio Gobierno y exige “una versión mucho más dura” del veto migratorio.

EL PAIS ESPAÑA
Los atentados de Londres han propiciado el retorno de una de las señas de identidad de la campaña electoral de Donald Trump: buscar réditos políticos en ataques terroristas en el extranjero. Desde que asumió la presidencia de Estados Unidos, Trump se había resistido a hacerlo, pero, tras los atentados del sábado en la capital británica, ha hecho un alegato de su veto migratorio a seis países musulmanes —que está paralizado por la justicia— y ha arremetido contra el alcalde londinense. Los mensajes, en Twitter, pueden poner en aprietos al republicano.
Tras los atentados en París en noviembre de 2015, Trump sugirió que el número de víctimas habría sido menor si Europa tuviera una política menos restrictiva en la compra de armas de fuego porque habría más ciudadanos armados. En junio de 2016, tras un ataque en Estambul, Trump defendió el uso de la técnica —prohibida— de tortura del waterboarding (ahogamiento simulado) a sospechosos de terrorismo.
La reacción inicial de Trump tras los atentados de la noche del sábado en Londres, en que murieron siete personas, fue la habitual de un presidente estadounidense: condenó los hechos y manifestó su solidaridad con el pueblo británico.
Pero Trump tardó poco en volver a exhibir por qué es un mandatario incomparable con sus predecesores al que le cuesta controlar sus impulsos y al que parece asustarle muy poco inmiscuirse en asuntos de otros países: inició una cascada de mensajes en Twitter sobre la necesidad de endurecer la entrada de musulmanes a EE UU y los peligros del yihadismo, y contra el alcalde de Londres, Sadiq Khan, el primer edil musulmán de una gran ciudad de Europa Occidental.
Lejos de amedrentarse, Trump redobló este lunes su ofensiva contra Khan. “Patética excusa del alcalde de Londres Sadiq Khan que tenía que pensar rápido en su declaración de que ‘no había razones para estar alarmado’. ¡Los MSM [acrónimo de medios de comunicación masivos] están trabajando duro en venderla!”, escribió.
La polémica se origina en un mensaje de Trump el domingo: “Al menos siete muertos y 48 heridos en ataque terrorista y el alcalde de Londres dice que ‘¡no hay razón para estar alarmados!'”.
Los portavoces de Khan, del Partido Laborista, acusaron a Trump de malinterpretar un comunicado del alcalde, en que condenaba el ataque e informaba de que se extremaría la vigilancia. “No hay razón para estar alarmado. Una de las cosas que la policía y todos nosotros tenemos que hacer es garantizar de que estemos lo más seguros posibles”, afirmaba Khan. Trump, con un largo historial de afirmaciones falsas, decidió obviar ese contexto al escribir su mensaje en Twitter.
La Casa Blanca negó que Trump se haya embarcado en una “pelea” con Kahn y enmarcó sus mensajes en su defensa de endurecer la seguridad ante la amenaza yihadista.
La tensión entre Donald Trump y Sadiq Kahn no es nueva. El alcalde, que asumió el cargo en mayo de 2016, criticó el año pasado la propuesta del candidato republicano de vetar temporalmente, alegando motivos de seguridad, la entrada a EE UU de todos los extranjeros musulmanes. “La ignorante visión del islam de Trump nos hace menos seguros, contribuye a alienar a los musulmanes y juega a favor de los extremistas”, declaró entonces.
Es el enésimo choque en pocas semanas entre el Gobierno de Trump y Reino Unido. Londres se quejó a Washington tras filtrarse a la prensa estadounidense datos de la investigación al atentado de Manchester. Y también criticó a la Casa Blanca por acusar, sin pruebas, de que los servicios de inteligencia británicos podrían haber espiado a Trump.

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