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Mar, Jun
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Estados Unidos

Donald Trump, el jueves en la Casa Blanca.

La ruptura del Acuerdo de París, los ataques a Alemania y la política antimigratoria dan nuevos bríos al sector más extremista de la Casa Blanca.

EL PAIS ESPAÑA

Primero fueron sus ataques a Alemania por el superávit comercial, luego su política antimigratoria y ahora la ruptura del Acuerdo de París. En apenas una semana, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha apretado el acelerador del nacionalismo económico y dado nuevos bríos a su ala más radical. En este retorno a los orígenes, personajes como el estratega jefe, Stephen Bannon, han vuelto a emerger y se ha debilitado el sector moderado de la Casa Blanca. El giro, de momento, es apoyado por la mayoría de los republicanos.
Trump no se ha movido de donde siempre estuvo. Nunca creyó en el cambio climático y siempre despreció el Acuerdo de París. Pero desde que llegó a la presidencia, a su alrededor se extendieron las presiones para atemperar su deseo de ruptura. En este pulso se han enfrentado los radicales, liderados por Bannon, y el sector más moderado, con personajes tan influyentes como la hija mayor del mandatario, Ivanka Trump; su marido, Jared Kushner, el consejero económico, Gary Cohn, y el secretario de Estado, Rex Tillerson, antiguo responsable del gigante petrolero Exxon.

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Las discusiones han sido permanentes. Tras los muros de la Casa Blanca, el estratega jefe y los suyos hicieron de la caída del Acuerdo de París una batalla crucial. Presentaron el caso como si fuera una vista judicial, derrocharon negacionismo y, sobre todo, pulsaron la tecla electoral. Era un compromiso con sus votantes y no derribarlo atentaba contra el núcleo del patriotismo económico. Esa doctrina tallada por el tenebroso Bannon y que bebe a partes iguales del aislacionismo y el odio al sistema. Justo los dos puntos que el pacto pone en cuestión.
“Si pensáis que os van a dar vuestro país de vuelta sin luchar, estáis tristemente equivocados. ¡Todos los días habrá que luchar!”, llegó a decir Bannon en una de sus pocas apariciones públicas. Bajo esa bandera, el estratega jefe avanzó en los debates y ganó terreno frente a Ivanka. Cuando muchos creyeron que este antiguo oficial de la Marina y productor de Hollywood estaba de capa caída, que su reciente salida del Consejo de Seguridad Nacional auguraba su fin, renació. Su victoria volvió a situarle en el centro ideológico de la Casa Blanca. Y con él, su ideario ultranacionalista.
Fue un triunfo de Bannon, pero a nadie se le escapa que también una apuesta de Trump. Los moderados y muchos parlamentarios republicanos habían recomendado que el presidente enviase el acuerdo al Senado para su ratificación. Era una forma casi segura de eliminarlo sin mancharse las manos de sangre. También ofrecieron la vía empleada por George W. Bush para salirse del Protocolo de Kioto en 2001: un argumentario asépticamente económico.

Donald Trump, en la Casa Blanca.

El presidente da un giro aislacionista y abandona la lucha contra uno de los desafíos más inquietantes de la humanidad.

EL PAIS ESPAÑA
Estados Unidos ha dejado de ser un aliado del planeta. Donald Trump dio rienda suelta este jueves a sus impulsos más radicales y decidió romper con el “debilitante, desventajoso e injusto” Acuerdo de París contra el cambio climático. La retirada del pacto firmado por 195 países marca una divisoria histórica. Con la salida, el presidente de la nación más poderosa del mundo no sólo da la espalda a la ciencia, ahonda la fractura con Europa y menoscaba su propio liderazgo, sino que ante uno de los más inquietantes desafíos de la humanidad, abandona la lucha. La era Trump, oscura y vertiginosa, se acelera.
La señal es inequívoca. Tras haber rechazado el Acuerdo del Pacífico (TPP) e impuesto una negociación a bayoneta calada con México y Canadá en el Tratado de Libre Comercio, el presidente ha abierto la puerta que tantos temían. De nada sirvió la presión de Naciones Unidas o la Unión Europea, ni de gigantes energéticos como Exxon, General Electric o Chevron. Ni siquiera el grito unánime de la comunidad científica ha sido escuchado. Trump puso la lupa en los “intereses nacionales” y consumó el giro aislacionista frente a un acuerdo refrendado por todo el planeta, excepto Nicaragua y Siria.
“He cumplido una tras otra mis promesas. La economía ha crecido y esto solo ha empezado. No vamos a perder empleos. Por la gente de este país salimos del acuerdo. Estoy dispuesto a renegociar otro favorable para Estados Unidos, pero que sea justo para sus trabajadores, contribuyentes y empresas. Es hora de poner a Youngstown, Detroit y Pittsburgh por delante de París”, clamó Trump.
Es la doctrina de América Primero. Ese programa, mezcla de patriotismo económico y xenofobia, que contra todo pronóstico le hizo ganar la Casa Blanca. A esta amalgama apela Trump cada vez que ve peligrar su estabilidad. Como ahora. Acosado por el escándalo de la trama rusa, sometido a la presión de las encuestas, vapuleado por los grandes medios progresistas ha lanzado un directo al mundo con la esperanza de encontrar el aplauso de sus votantes más fieles, la masa blanca y empobrecida que culpa a la globalización de todos sus males. “Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París. No se puede poner a los trabajadores ante el riesgo de perder sus empleos. No podemos estar en permanente desventaja”, afirmó Trump.
La ruptura es crucial, pero no representa una sorpresa. Pese a que EEUU es el segundo emisor global de gases de efecto invernadero, Trump siempre se ha mostrado reacio al Acuerdo de París. En numerosas ocasiones ha negado que el aumento de las temperaturas se deba a la mano del hombre. Incluso se ha burlado de ello. “Acepto que el cambio climático esté causando algunos problemas: nos hace gastar miles de millones de dólares en desarrollar tecnologías que no necesitamos”, ha escrito en América lisiada, su libro programático.
Pero más que el rechazo al consenso científico, lo que realmente movió hoy a Trump fue el cálculo económico. En su discurso el pacto se convirtió en un mero acuerdo comercial. Injusto y peligroso para EEUU. Una barrera burocrática que, a su juicio, impide la libre expansión industrial y que sólo ofrece ventajas competitivas a China e India. “Este acuerdo tiene poco que ver con el clima y más con otros países sacando ventaja de Estados Unidos. Es un castigo para EEUU. China puede subir sus emisiones, frente a las restricciones que nos hemos impuesto. E India puede doblar su producción de carbón. Este pacto debilita la economía estadounidense, redistribuye nuestra riqueza fuera y no nos permite utilizar todos nuestros recursos energéticos”, remachó.

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