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Mar, Jun
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Trump deja clara su discrepancia con las políticas mayoritarias del G7

El presidente de EE UU, Donald trump, rodeado en el G7 de Taormina por Theresa May, Angela Merkel, Paolo Gentiloni y Shinzo Abe.

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La cumbre presiona al presidente de EE UU para que de marcha atrás en asuntos clave como el medio ambiente y el comercio internacional. 

EL PAIS ESPAÑA

Nadie recordaba este viernes en Taormina (Italia) una cumbre del G7 —el grupo de democracias más industrializadas— con mayor tensión y fricción política. Un desencuentro provocado por la diferencia de criterios del presidente de EE UU, Donald Trump, y los otros seis mandatarios, en la mayoría de grandes acuerdos alcanzados en los últimos años en comercio, medioambiente o en la relación con Rusia. Pese a las sutilezas en las que se basan estas citas, nadie ocultó el clima crepuscular que se cierne sobre el G7. No está ni siquiera claro que se logre una declaración final conjunta. El mensaje del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, no pudo ser más apocalíptico: “Si no logramos una mayor unidad, la situación del mundo se nos puede ir de las manos”.
La distancia es tan evidente, que ni siquiera se malgastó el tiempo poniendo paños calientes. Especialmente después de los roces del día anterior en Bruselas, donde Trump reprochó el escaso gasto militar a los miembros de la OTAN y criticó el superávit del comercio internacional de Alemania con la expresión “son muy malos”. En ese campo, como en la mayoría, no hubo apenas avances.
El multilateralismo y la búsqueda de acuerdos no es el hábitat natural del presidente estadounidense. De modo que solo quedaba encontrar en el laberinto diplomático algunas puertas que permaneciesen todavía abiertas. Al final del día, sin embargo, solo se llegó a la firma de un previsible comunicado sobre la lucha contra el terrorismo y a la confirmación de que, pese a la presión del resto de potencias, EE UU necesita más tiempo para decidir si rompe los acuerdos contra el cambio climático alcanzados en París.
La sensación en el arranque de la 43ª edición del G7 —blindada por tierra, mar y aire con 10.000 hombres— era la del fin de una prolífica era de acuerdos y el inicio de un insondable orden construido sobre intereses unilaterales. Muchas novedades sobre la mesa, pocas esperanzadoras. Una cumbre que llega demasiado pronto para unos, y en medio de un proceso electoral para otros. Debutaban cuatro mandatarios Emmanuel Macron, Paolo Gentiloni, Theresa May y Donald Trump. Y los focos se dirigieron principalmente a la británica —por primera vez representó en el G7 a un Reino Unido con un pie fuera de la Unión Europea— y al presidente de EE UU. Aislado por su propia visión del mundo —incluso físicamente en los paseos que realizaron los mandatarios por Taormina—, el liderazgo de EE UU en el G7 quedó voluntariamente diluido en Taormina.
Detectada la vacante, y en vista de que más de la mitad de líderes no tenían experiencia en esta cita, la UE disparó primero con una contundente rueda de prensa de Tusk y del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El tono fue inusualmente directo, sin excusas, exigiendo mantener las sanciones a Rusia y reclamando acuerdos comerciales y climáticos. Como si los 27 buscasen recuperar en Taormina la autoridad perdida. “No es ningún secreto que los líderes que se verán hoy tienen diferentes posturas en asuntos como el comercio y el cambio climático”.

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